Leticia Martin: “Me pregunto si tiene sentido que las mujeres sigamos victimizándonos”

0
1

Pasaron unos meses desde que a Leticia Martin la sorprendió la noticia del Premio Lumen por su novela Vladimir (Penguin Random House). Pese a haber sido seleccionada entre más de cuatrocientos manuscritos y halagada por el jurado como una novela valiente y perturbadora, la reacción de Martin fue de calma y perfil bajo. “No me tengo que creer nada. Solo aprovechar esta energía como plafón para escribir lo que viene. Y en eso estoy. Es súper lindo y agradable todo lo que me sucedió, pero no quiero encandilarme. O quizás me cueste un poco disfrutar”, dice divertida.

Editora, poeta, docente de talleres y lectora omnívora –“leo de todo, simultánea y caóticamente: Nabokov, Coetzee, Duras, psicoanálisis, sociología, ensayos de la coyuntura”–, Leticia Martin confiesa estar muy preocupada por entender el presente. “Siento que se nos perdió el mapa, la brújula. Me interesa entender qué pasa, por qué la gente está así”.

Vladimir abraza la polémica a partir de una vuelta de tuerca del clásico Lolita de Nabokov, pero ahora invirtiendo los géneros: es Guinea, una profesora universitaria argentina que reside en Estados Unidos desde el exilio de sus padres, quien se obsesiona con un joven estudiante, primero, y el púber Vladimir, tras su llegada a Buenos Aires.

A esa trama, Martin suma otro elemento que enrarece el verosímil: un gran apagón mundial que desencadena un mundo en vías de disolución. Un escenario que llamaríamos distópico, pero la reciente pandemia nos recuerda que no es tan lejana una realidad semejante. Tal encuadre le sirve también para hacer una crítica feroz a una sociedad “electrodependiente”.

“Imaginé que ese elemento podría generar una conversación–literaria y extraliteraria–, y eso efectivamente sucedió”, arriesga Martin sobre los motivos por los que el jurado se inclinó por Vladimir, un manuscrito que la autora había hecho circular por editoriales locales –“cosechando elogios, pero sin propuestas de publicación”–, y que encontró finalmente sus lectores a través de un premio, ganando así visibilidad global.

–¿Escribiste la novela durante la pandemia?

–La empecé antes, y la pandemia aceleró la posibilidad escribir, con el encierro en casa. Yo tenía la idea de esta “Lolita al revés”, y me parecía que tendría resonancia social, o mejor, propondría una disonancia. Sabía que en un mundo donde hay millones de hombres abusadores, plantear la situación de una mujer abusadora iba a ser disonante.

–Solés comentar que te interesa desacralizar el lugar de la mujer. ¿Buscar polemizar con ciertos feminismos?

–La respuesta, de cuajo, es sí. De hecho, escribí un libro que se llama Feminismos (Letras del Sur), donde incluí tres ensayos y realicé entrevistas a mujeres que se autoperciben no feministas, o tienen sus reparos. Por otro lado, creo que la literatura es un espacio para pensar cómo sacar todas esas “cascaritas” que aparecen, y preguntarnos qué es lo esencial.

–¿Y de qué modo interviene la literatura en esta polémica?

–En principio, yo intento evitar el lugar de la escritora polémica: solo me interesa abrir un poco las aguas cuando todo el mundo está muy de acuerdo en algo. ¿Cómo lo podemos volver a pensar, nuevas perspectivas, generar nuevas preguntas? Entonces, sabía que el material de Vladimir iba a tocar fibras. Me parece que si eso no lo hace la literatura, o la escuela, no lo hace nadie. Vuelvo a lo de desacralizar: en una época en la que las mujeres somos premiadas, se abre un cierto mini privilegio –porque venimos siendo históricamente una minoría, y nadie va a decir que los problemas no continúan–, pero de momento hay una mini apertura que en la época de mi vieja no había. Entonces, me pregunto si tiene sentido seguir victimizándose, en tono de exclusión, o al revés, bajo el formato del empoderamiento en todo, con veinte películas de heroínas… Por ahí hay mujeres que pueden ser anti heroínas o hijas de puta.

–En ese sentido, ¿cómo fue la construcción del personajes de Guinea?

–Me costó llegar a la versión final. Partí de una Guinea más lavada, no era lo suficientemente baja… o erótica. Por suerte, conté con la lectura de mi esposo (Nazareno Petrone) y la del escritor Edgardo Scott, que además es psicoanalista, quien me ayudó mucho a trabajar la cuestión edípica, cómo literarizar la muerte del padre.

Cuarto cerrado

A partir de la segunda parte, con el ingreso de Guinea a la casa de Rostov y Vladimir, la novela puede leerse como una historia de “cuarto cerrado”: un búnker que será para ella a la vez un refugio y una trampa. “Tras el episodio con el joven Nicholas, que la expulsó de la universidad y forzó a abandonar su vida en los Estados Unidos, Guinea quiere volver a empezar. Busca huir de esa parte física que la puede, pero el escenario no le colabora en nada, y al contrario, se va encerrando cada vez más con el enemigo que es ese pibito, Vladimir, que despierta esa pasión que ella quiere corregir. Ella sabe que no va bien. Afuera el mundo se está desintegrando, pero adentro también.

–Existe una disolución, aunque se esboza también la aparición de una nueva naturaleza…

–Sí. Porque al estar forzados a dejar los celulares y así empiezan a conectar entre ellos. Y aunque el vínculo cultural y socialmente está mal visto por las edades, de pronto Guinea y Vladimir se salvan a sí mismos, en esa compañía, con un final bastante abierto. Como si por el lado del cuerpo hubiera una salida, más allá del “error” de la cultura.

–¿Qué tipo de intertextualidad te interesaba plantear con el clásico de Nabokov?

–Cuando leí Lolita, me pregunté por los límites y las imposiciones sociales. Lo que genera la polémica, pienso, no es tanto la edad, si no la asimetría de poder, es el rol del padre. Y si al principio te enamorás del personaje, luego te lleva a una encrucijada: lo que logra Nabokov es que al mismo tiempo ames y odies a Humbert. Algunos lectores de mi novela, que se molestan con la edad de Vladimir, hubieran preferido “un buen final”. La atracción para Guinea es la que es, y el adulto –Rostov– es un estorbo que se interpone en su búsqueda. Por eso todo el tiempo trata de sacárselo de encima, lo desautoriza, lo maltrata. Necesita que desaparezca del medio. De ahí el giro que tendrá la novela… La gran acción que realiza el personaje de Vladimir, quizá el verdadero protagonista, y lo que desencadena el final. Me gusta esa ambigüedad, una novela no tan fácilmente descifrable.

–En relación con el verosímil, ¿fue un desafío conciliar la trama pasional con el universo distópico?

–Fue complicado, pero me animé. ¡A Margaret Atwood le funciona! Es loco, pero alguien a quien admiro mucho y leyó el borrador me sugirió que sacara el dato del apagón, generándome un gran dilema, pero si sacaba eso, me iba a faltar la urgencia que llevaba a acelerar la reunión de los dos personajes. Sobre el verosímil distópico, realmente pienso que “hay un tufillo apocalíptico en el aire”: hay elementos evidentes en lo social, en el desarrollo de nuestra cultura. ¡Estamos viviendo una invasión de mosquitos! Se ve que no estamos tan lejos…

–¿Pensás que hay que reaccionar a ese estado de cosas?

–Me interesa, sobre todo, generar una alerta sobre estos procesos digitales. Nuestra vida se digitalizó totalmente, todo se volvió intangible. Hoy nuestra vida esté atrapada en lo digital. Le otorgamos mucho poder: hay una confianza extrema en la tecnología, casi simbiótica.

–Como se muestra en el film Her de Spike Jones…

–O como analiza el libro Hola de Martín Kohan, que habla de lo que se pierde –sin retorno– al abandonar los teléfonos fijos. Porque otro rasgo de esta época es la soledad. La invitación a ser individuos aislados; horas con el teléfono. Uno lo puede ver desde la arquitectura, la escuela, biblioteca, la tecnología. Todo en el marco de gobiernos que te proponen la libertad es lo que a vos se te canta, perdiendo los lazos sociales, la solidaridad, lo comunitario, la reunión, el club de barrio, todo lo que te lleva a estar con otro. El encierro de esta novela es para reflejarnos en un espejo realmente feo. ¿Queremos llegar a esto?

Leticia Martin básico

Nació en Buenos Aires, en 1975. Y es narradora, poeta y crítica cultural.

Obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UBA) y el Posgrado Internacional en Gestión Cultural y Políticas de Comunicación (FLACSO).

Publicó el libro de ensayos Feminismos (2017), y las novelas El gusto (2012), Estrógenos (2016), con edición española (2019), Topadoras oxidadas (2019) y Un ruido nuevo (2020), con ediciones en Uruguay (2021) y en España (2022).

También es autora de una serie extensa de libros de poesía. El volumen de cuentos titulado Todo lo que no es boca en mi cuerpo grita aparecerá próximamente en Argentina. Con Vladimir (2023) ha ganado el I Premio Lumen de novela.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí